EL MONASTERIO 
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El monasterio de Samos se asienta en el extremo norte de la capital del municipio, y a esta villa y al municipio les cedió su nombre e historia. Situado junto al río Sarria, que roza sus muros, atrae la atención del visitante no solo por sus vastas proporciones, sino, sobre todo por sus sólidos y austeros edificios, construídos con mampostería de pizarra. La rusticidad y la sencillez de los muros exteriores contrastan con la nobleza y la elegancia de sus claustros de piedra de granito.

Integran el complejo monástico dos claustros de dimensión desigual, unidos entre si y flanqueados por achatados torreones. Adosados al claustro grande por la parte noroeste, se encuentran su magnífica iglesia y su esbelta sacristía. Tres estilos arquitectónicos intervienen en su construcción y ornato: gótico, renacimiento y barroco. Solamente se conservan como reliquias de un pasado multisecular, una portada y otros elementos aislados de inspiración románica.

Los monjes del monasterio son benedictinos. No sabemos con certeza en qué momento aceptó la Regla de san Benito, posiblemente a mediados del siglo XI. Por una lápida, sabemos que a mediados del siglo VII el obispo de Lugo Emefredo lo restaura.

Monasterio de Sámamos, así lo llamaron durante varios siglos. Este nombre de ascendencia visigótica, con el paso del tiempo, quedaría reducido al de Samos.


Fachada de la Iglesia.

Lo que más impresiona al visitante al contemplar la fachada principal es la portada barroca de su iglesia, que se presenta como un gran rectángulo dividido en dos cuerpos y tres calles. Y le causará extrañeza la horizontalidad de su terminación, por la carencia de frontón o de ático central y del tercer cuerpo de sus torres. Esto imprime un sello peculiar a esta portada, que, si bien le resta esbeltez, no logra sustraerle majestuosidad y belleza. Le precede una señorial escalera, del siglo XVIII, inspirada en la del Obradoiro de Santiago de Compostela.

Cuatro columnas dóricas sobre recios pedestales ennoblecen y custodian la puerta y la abarrocada hornacina superior, que alberga una imagen de san Benito, obra del escultor Ferreiro. Las calles laterales avanzan, respecto a la central, para resaltar de este modo el primer cuerpo de sus torres. En su reducido interpilastrado se abren una ventana rectangular con tambanillo curvo y, superpuesto a ella, un ojo de buey con afiligranada orla.

La calle principal, en su segundo cuerpo, exhibe un gran óculo central flanqueado por dos pares de columnas; y, en simétrica posición, dos hornacinas con las imágenes de san Julián y santa Basilisa, patronos del monasterio. Las dos calles laterales de esta planta retroceden para destacar de manera visible el segundo cuerpo de sus torres. Sobre la cornisa que divide la fachada, se asienta una balaustrada. El campanario es de estructura cuadrada, con un arco de medio punto en sus tres frentes. Cierra la fachada un moldurado y rico entablamento.

Con el paso de los siglos, la vida sencilla y austera de los primeros monjes fue cobrando importancia dentro de la Iglesia y de la sociedad. Nada se conserva de la época del rey asturiano Fruela I, del siglo VIII, que ofreció al abad Argerico el monasterio, abandonado a causa de la invasión musulmana.
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